La evolución estelar
La masa es el destino. Elige la masa inicial de una estrella y mira su vida entera recorrer el diagrama H–R: la larga calma de la secuencia principal, la hinchazón de gigante y el final — una enana blanca del tamaño de la Tierra, o una supernova que deja una estrella de neutrones o un agujero negro.
El reloj de edad usa tiempos reales: una estrella pasa ~90 % de su vida en la secuencia principal (τ ≈ 10 Ga · M⁻²·⁶) y las etapas finales son un parpadeo. Por eso la edad corre a saltos de miles de millones de años y luego casi se detiene. Bajo ~8 M☉ el final es una enana blanca; por encima, una supernova.
La masa es el destino
Un equilibrio que se agota. Una estrella es una hoguera de hidrógeno en equilibrio: la gravedad aprieta y la fusión sostiene. Mientras dura el hidrógeno del núcleo, la estrella apenas se mueve en el diagrama H–R: esa es la secuencia principal, donde pasa el 90 % de su vida. Su masa inicial decide todo lo demás: brillo, color, duración y final.
Vivir rápido o vivir para siempre. Las estrellas masivas queman su combustible con furia: una de 25 M☉ brilla cientos de miles de veces más que el Sol y muere en pocos millones de años. Una enana roja de 0,8 M☉ durará más que la edad actual del universo. El Sol, término medio, lleva 4600 millones de años y va por la mitad.
El final tipo Sol. Agotado el hidrógeno central, el núcleo se contrae y la envoltura se hincha: gigante roja. Tras fusionar helio en carbono, la estrella expulsa sus capas —una nebulosa planetaria— y queda el núcleo desnudo: una enana blanca del tamaño de la Tierra que se enfría para siempre. Ese será el destino del Sol dentro de unos 5000 millones de años.
El final con estallido. Por encima de ~8 M☉ la estrella fabrica elementos cada vez más pesados hasta el hierro, y entonces el núcleo colapsa: supernova. Brilla más que toda su galaxia durante días y siembra el espacio con los elementos de los que estamos hechos. Queda una estrella de neutrones — o, para las más masivas, un agujero negro. Supergigantes australes como Antares o Betelgeuse son las próximas candidatas del cielo de Santiago.