TRAPPIST-1: siete planetas en acorde
A 40 años luz, alrededor de una enana apenas mayor que Júpiter, siete planetas del tamaño de la Tierra orbitan en la cadena de resonancias más larga que se conoce: cada período engrana con el vecino en proporciones casi musicales (8:5, 5:3, 3:2…). Pulsa reproducir para ver girar la configuración real de hoy — y para escucharla: cada planeta suena con su frecuencia orbital transpuesta al oído. Silencia voces, acelera el tiempo y atento a las campanillas: suenan en cada conjunción.
Los períodos y las fases salen de las efemérides de tránsito publicadas (Grimm et al. 2018): la configuración es la real para la fecha mostrada, con órbitas circulares y coplanares (las excentricidades reales son <1 %). El sonido transpone cada frecuencia orbital unas 27 octavas hasta el oído; las proporciones entre notas son las verdaderas. Los cinco ángulos de Laplace generalizados se calculan de esas mismas fases: con los períodos medidos derivan ~1° por año — por eso la cadena está «trabada».
Una cadena de siete eslabones
En 2016, el telescopio TRAPPIST-Sur — un robot de 60 cm en La Silla, en pleno norte de Chile — vio parpadear una estrella enana fría y anodina. Un año después, con la ayuda del telescopio espacial Spitzer, el recuento llegó a siete planetas del tamaño de la Tierra, todos con órbitas más pequeñas que la de Mercurio y «años» de entre 1,5 y 19 días. La estrella es tan tenue que su zona templada queda a la distancia de un abrazo: tres de los siete planetas caen dentro.
Lo extraordinario no es solo cuántos son, sino cómo se mueven: cada par vecino engrana en una proporción casi exacta de números pequeños — 8:5, 5:3, 3:2, 3:2, 4:3, 3:2. Esa escalera no es azar: delata que los planetas nacieron más lejos y migraron hacia adentro por el disco de gas, encadenándose uno a uno como engranajes que se van acoplando. Y una vez trabada, la cadena protege: las resonancias reparten los tirones gravitatorios de forma que el sistema sobrevive miles de millones de años.
La firma más fina son los «candados» de tres cuerpos: combinaciones p·n₁ − (p+q)·n₂ + q·n₃ de frecuencias orbitales que se mantienen clavadas cerca de cero. Aquí hay cinco encadenados — y dos (c·d·e y e·f·g) tienen exactamente la forma 1−3+2 que Pierre-Simon Laplace descifró en 1805 entre Ío, Europa y Ganímedes. ¿Quieres ver el original, que lleva 4.500 millones de años sonando sobre Júpiter y se observa con binoculares desde tu patio? Visita el laboratorio de la resonancia de Laplace.
Tres de estos mundos (e, f y g) orbitan en la zona habitable, donde el agua líquida es posible; probablemente muestran siempre la misma cara a su estrella, con un crepúsculo eterno en la frontera entre el día y la noche. El James Webb examina hoy sus atmósferas, y cada tránsito sigue afinando los relojes de la cadena. No está mal para un sistema descubierto con un telescopio robótico de 60 cm bajo el cielo chileno — el mismo cielo que el Foster fotografía desde 1903.